Mi historia con la cocina comenzó mucho antes de que existiera la Pastelería Esperanza Dittborn.
Crecí en una parcela donde vivían distintos miembros de mi familia, cada uno en su espacio. Yo pasaba gran parte del tiempo donde mi abuela María. Ella cocinaba increíblemente bien, especialmente cosas dulces. Nunca me enseñó formalmente ni me dio recetas. Simplemente la observaba.
Hay una anécdota que mi familia todavía recuerda. Un día, junto a mis primos, decidimos hacer un queque a escondidas. El queque empezó a subir y subir sin control, y yo, con apenas cinco años, fui la primera en diagnosticar el problema: "Le pusieron demasiado polvo de hornear". Todavía se ríen de eso.
Siempre fui una niña que disfrutaba haciendo cosas por sí misma. Me entretenía inventando recetas, hacer cabritas de colores, preparar dulces imposibles y experimentar en la cocina. Muchas veces los resultados no eran precisamente un éxito. Recuerdo unos queques tan azucarados que parecían una roca. Pero me fascinaba intentarlo.
Después trabajé durante años desarrollando páginas web y proyectos digitales. La verdad es que nunca fui feliz haciéndolo. Con la llegada de las redes sociales y los cambios tecnológicos, además, ese trabajo empezó a ser cada vez menos rentable para mí.
Mientras tanto, casi sin darme cuenta, la pastelería empezó a crecer. Primero fue una cocina minúscula, luego algunos pedidos, después más clientes, más recetas y más desafíos. Lo que comenzó como una pasión se fue transformando lentamente en una empresa.
Uno de los momentos más importantes fue la pandemia. Fueron tiempos difíciles para muchísimas personas y empresas. Sin embargo, para nuestra sorpresa, la pastelería vivió un crecimiento enorme. La necesidad de los despachos a domicilio cambió para siempre la forma de comprar y vender alimentos. Muchas pastelerías crecieron y se profesionalizaron durante ese período, y nosotros fuimos una de ellas.
Hoy miro hacia atrás y me doy cuenta de que nada de esto fue planeado. No hubo un gran plan de negocios ni una estrategia perfecta. Hubo trabajo, perseverancia, mucho aprendizaje y una obsesión constante por hacer productos ricos.
Siempre digo que nosotros hacemos tortas que saben a torta.
Y quizás esa frase resume mejor que ninguna otra lo que hacemos en Pastelería Esperanza Dittborn.
Durante años me ocupé personalmente de casi todos los pedidos. Esa etapa fue clave porque me permitió construir una relación muy cercana con mis clientes y sentó las bases de todo lo que vino después.
Hay una anécdota que siempre me hace reír. Un día, mi mejor amigo, que soñaba con verme crecer y convertir mi proyecto en una gran pastelería, me dijo:
"Esperanza, el problema es que tú eres la señora de las tortas".
Nos reímos muchísimo, pero tenía razón. Durante años mi vida giró alrededor de este oficio: acompañar celebraciones, escuchar historias y crear tortas para momentos importantes.
Como toda persona que empieza un proyecto, aprendí sobre la marcha. Cada pedido y cada desafío me dejó una enseñanza. Con el tiempo entendí que crecer depende tanto de los aciertos como de los errores y de la capacidad de adaptarse.
También aprendí a ser más amable conmigo misma. Durante mucho tiempo, después de cada entrega, me enfocaba en lo que faltaba o podía haber salido mejor. Con los años gané perspectiva: claro que a veces hay errores, porque somos humanos, pero la mayoría de las veces la gente queda feliz con lo que recibe.
Y mirando hacia atrás, reconocí algo que durante mucho tiempo me costó aceptar: la pastelería es una de las cosas que mejor sé hacer.
Todavía hoy recibo mensajes como:
"Hola Esperanza, ¿cómo estás? Quiero la misma torta de la última vez".
Y siempre me da risa porque asumen que tengo una memoria espectacular. La verdad es exactamente al revés.
Tengo de verdad muchos clientes. De verdad, muchísimos. 😅
A veces imagino que deben pensar que me acuerdo perfectamente de cada pedido, de cada sabor y de cada celebración. Y aunque hay historias que sí recuerdo, la verdad es que muchas veces tengo que ponerme a investigar qué fue lo que pidieron la última vez.
Lo curioso es que, de algunos clientes, sí me acuerdo. Después de tantos años hay personas que terminan formando parte de la historia de la pastelería. A veces pienso en alguien que hace tiempo no aparece y al día siguiente me escribe o me llama. Es una conexión extraña que se genera después de tantos años trabajando con las mismas familias.
Siempre me da risa también que durante mucho tiempo fui la hija de mi papá, el pintor famoso; la hermana de mi hermana, también artista reconocida; y la señora de mi exmarido. Con los años fui construyendo mi propio camino, pedido a pedido.
Hoy me reconozco por lo que he creado y por la comunidad que se ha formado alrededor de este proyecto.
La gente se sorprende cuando descubre que soy yo quien toma los pedidos, y a mí me da pudor. Aunque ya no recuerdo a todos los clientes, sí guardo en la memoria algunas historias: la torta favorita de una familia, el cumpleaños de un hijo o esa persona que todos los años pide exactamente lo mismo.
Después de casi diez años, siento que estoy en un momento importante. Estoy preparando el siguiente salto de la empresa y, curiosamente, me enfrento a un dilema que muchos consideran un problema de crecimiento.
Todo el mundo me dice que debería simplificar el catálogo y eliminar algunas tortas. Tiene sentido. Hoy tenemos más de treinta variedades distintas y, desde el punto de vista de la eficiencia, probablemente sería más fácil trabajar con menos.
Pero creo que ya es demasiado tarde.
Cada una de esas tortas tiene sus propios fanáticos. Hay clientes que llevan años comprando siempre la misma. Algunos me escriben para su cumpleaños, otros para aniversarios o celebraciones familiares. Siento que cada torta encontró a sus personas, y no tendría corazón para hacerlas desaparecer.
Además, me sigue encantando crear. Inventar una nueva receta, probar combinaciones distintas y ver cómo una idea termina transformándose en una torta que la gente disfruta sigue siendo una de las partes más entretenidas de este trabajo.
Otra cosa de la que me siento orgullosa es haber logrado, junto a mi equipo, algo que hoy parece normal, pero que no siempre lo fue: tener tortas listas para llevar.
Hace años la mayoría de las pastelerías trabajaba casi exclusivamente por encargo. Nosotros apostamos muy temprano por tener productos disponibles para quienes necesitaban una torta ese mismo día.
Con el tiempo, especialmente después de la pandemia, eso se volvió una necesidad para toda la industria.
Hoy prácticamente todas las pastelerías importantes tienen productos disponibles para entrega rápida o retiro inmediato. La diferencia es que nosotros llevamos años perfeccionando ese sistema y aprendiendo a hacerlo sin sacrificar calidad.
Uno de los aprendizajes más importantes también ha sido aprender a delegar. Durante mucho tiempo creí que la única forma de garantizar la calidad era haciéndolo todo yo misma, pero entendí que confiar en otras personas también es parte de construir un proyecto sólido.
Hoy cuento con un equipo que me ayuda con los pedidos y la atención, y eso ha transformado mi vida.
Hace apenas unos meses logré algo que durante años me pareció imposible: volver a tener los sábados para mí. Después de más de una década, puedo sentarme con mi hijo, escucharlo y compartir tiempo de verdad. Entendí que delegar no es renunciar a la esencia de lo que construí, sino cuidarla mejor.
A veces miro todo lo que ha pasado y me cuesta creer que aquella niña que observaba cocinar a su abuela haya terminado dedicando su vida a hacer tortas.
Y entonces me acuerdo de mi amigo, el que hace años me dijo:
"Esperanza, el problema es que tú eres la señora de las tortas".
Tenía razón.
Después de miles de pedidos, de clientes maravillosos, de errores, aprendizajes, madrugadas y celebraciones, sigo sintiendo que esa definición me queda bastante bien.
Y espero que, de alguna manera, siga siendo siempre la señora de las tortas.